Mostrando entradas con la etiqueta guadalajara. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta guadalajara. Mostrar todas las entradas

domingo

ARANZUEQUE, CRUZ DE BORGOÑA

Publicado en Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, marzo de 2009

Aranzueque, 19 de septiembre de 1837; las calles de este pequeño pueblo alcarreño van a vivir uno de los episodios más importantes de la historia contemporánea de España. En los páramos cercanos al puente que gobierna el Tajuña se situarán, enfrentados, dos ejércitos españoles: por un lado las tropas de Carlos María Isidro de Borbón, apartado del trono por su hermano Fernando al derogar la Ley Sálica; por otro, el ejército defensor de la Pragmática Sanción, protector de la niña Isabel, futura reina de España.
.
.

Desde que Tomás de Zumalacárregui consolidara las vascongadas para Don Carlos, la estrategia había sido muy simple: realizar incursiones militares propagandísticas hacia el sur de España provocando diferentes levantamientos. Sin embargo, en mayo de 1837, los focos sublevados carlistas estaban muy controlados. El bloqueo sobre Bilbao por los liberales había dado excelentes resultados. Llegaba la hora de buscar soluciones y la Expedición Real era la única salida para los rebeldes.
Con el objetivo de romper su aislamiento, un notable ejército formado de vascos, navarros, aragoneses y mercenarios de la Legión Extranjera, recorrería gran parte del norte y del este peninsular. Muchas fueron las plazas que adhirieron a su causa, pero las bajas que ocasionó la campaña de Cataluña mermaron ostensiblemente sus fuerzas. Fue entonces cuando entró en lid la figura del general Ramón Cabrera. La Expedición Real cobraba nuevos bríos en el Maestrazgo y las tropas carlistas conseguían cruzar el Ebro. Por delante, las tierras valencianas; el objetivo, una utopía: conquistar Madrid.
Confiada en su superioridad, la regente María Cristina se había dejado persuadir por unos consejeros ineptos. Tenía la difícil misión de conservar el trono para su hija y, en tan sólo unos meses, las tropas de su cuñado podían divisar Madrid. Desde Arganda, el león absolutista no necesitaba más que dar un zarpazo mortal a su presa liberal. Pero, increíblemente, el Pretendiente no dio orden de tomar la capital. Aquel 12 de septiembre pasará a la historia por una decisión incomprensible en un militar de su talla. Estaba convencido de que los habitantes de Madrid lo acogerían con gran alegría, abriéndole voluntariamente las puertas de la villa. Apesadumbrado, Carlos María Isidro desistió de tomar la ciudad. La explicación: “no derramar la sangre de aquellas gentes que tanto amaba”. Sólo Aníbal, el fantástico general cartaginés, cometió un error similar; el púnico tampoco entró en Roma.
Baldomero Espartero había salido de Madrid con la misión de interceptar a los absolutistas. El día 26 de agosto tomó el camino de Jadraque, llegando hasta Sigüenza y Maranchón. No encontró rastro alguno del enemigo. Los rebeldes habían dado un rodeo por los campos de Cuenca y, dirigiéndose hasta Tarancón, ya estaban a las puertas de Madrid. Dando media vuelta, con un ejército de 25000 hombres, Espartero ocupó Guadalajara y Alcalá de Henares. El ejército carlista, antaño seguro de la victoria, ahora se veía obligado a refugiarse en un territorio que, por suerte, le era familiar. Un año antes, el general Miguel Gómez había cruzado la Alcarria ayudado de la partida carlista de los Cazaporras. Perseguido por los soldados liberales, Miguel Gómez pasó por poblaciones como Atienza, Jadraque, Brihuega y Cifuentes, dirigiéndose al Levante y Andalucía, para después volver sobre sus pasos hacia Soria, atravesando pueblos como Sacedón, Tendilla, Horche, Torija, Hita y Cogolludo.
Espartero encontró a los sublevados el día 19 acantonados en Aranzueque. Habían llegado a esta localidad tras replegar sus fuerzas desde Alcalá, siguiendo el cauce del Henares hacia Chiloeches, para después subir hacia El Pozo y Santorcaz, lugar desde donde se plantearon volver a contraatacar tras incrementar su soldada con partidarios de Mondéjar. En cambio, con una caballería mucho más poderosa, los ejércitos isabelinos obligaron a los absolutistas a refugiarse en Aranzueque, huyendo de un primer envite en Anchuelo. Aunque Don Carlos aguantó todo lo que pudo en los márgenes del río Tajuña, la derrota de los soldados de San Andrés estaba servida. Una fila gigantesca de boinas de color rojo se retiraba derrotada hacia el norte. La historia les daría nuevas oportunidades, aunque la Cruz de Borgoña, otrora insignia de la nación frente a sus enemigos, no volvería a ser jamás la bandera de España.

.
.

miércoles

JADRAQUE, SUEÑO DE JOVELLANOS

Publicado en Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, enero de 2009.
.

“Yo veo, amigo mío, que se trata mucho de la felicidad pública y poco de los particulares; que se quiere que haya muchos labradores y no que los labradores coman y vistan; que haya muchas manos dedicadas a las artes y oficios, y que los artesanos se contente con un miserable jornal. Estas ideas ponen al pueblo, esto es, a la clase más necesitada y digna de atención, en una condición miserable…”

Jovellanos. “Cartas a don Antonio Ponz” (1790). Fragmento de Carta Sexta.
.
.
Primero de Junio de 1808. Hace un mes que España arde en “libertad”. Toda la nación ha encendido antorcha contra los franceses. La Luz de la Razón se encuentra ya apagada.
Gaspar Melchor de Jovellanos viaja en pos de su Gijón natal. Llega a Jadraque tras un largo viaje por el camino de Aragón. Su destierro en Bellver había dejado profunda huella en su salud. Necesita descansar. Necesita volver a soñar.
Encuentra cobijo en casa de un buen amigo, Don Juan Arias Saavedra. Las aguas de Trillo y el paisaje de Cifuentes le sirven de bálsamo. Su numerosa correspondencia, en cambio, le abruma. Las peticiones que recibe son extremadamente insolentes. Necesita olvidar, reencontrarse con la paz, sentirse libre… Don Manuel Martínez Marina, amanuense y amigo, será su medicina. Juntos volverán a investigar en los libros. Juntos recuperarán la pasión por la pintura. Juntos resucitarán un olvidado espíritu ilustrado y humanista.
La casa de los Saavedra es hermosa; pero fría. Las paredes de sus habitaciones son pulcras; pero desnudas. Hallar un lugar confortable es su único deseo. Por eso crea su propia Saleta. Si el mar y el río reflejan la luz de la naturaleza, el agua será reflejo de su mente. Las paredes de la estancia se convierten en pergaminos de sus pensamientos. El Mediterráneo mallorquín, pero también el Tajo alcarreño y los ríos asturianos son descritos por el pincel con delicada belleza.
Los trazos del escribano siguen fielmente los destellos de su maestro. Está satisfecho; pero se acuerda de su juventud. No entiende la guerra; cuando un hombre puede aferrarse a la escritura... “¡Te cambio tu espada por mi rollo de pergamino!”, dice un caballero a otro ante la atenta mirada de un cazador. Al fondo, de nuevo Bellver.
Su amigo Francisco de Goya le retrató cansado. Y cansado vuelve a encontrarle. ¡La carga de los mamelucos! ¡Los fusilamientos del 3 de mayo! Los horrores de una guerra que no supieron atajar nuestros gobernantes. Maria Luisa, Godoy, Fernando VII, una nobleza corrupta… Todos deben pedir perdón en la Saleta de Jadraque.
Pero la paz no es eterna. El pueblo español reclama sus estrellas. La Junta Central necesita sabiduría. La Independencia espera. En Septiembre, Jovellanos se marcha. Pero en Guadalajara no le olvidarán jamás.
.

Mercedes Tortosa Fernández a “Jovellanos”

Arrojo mi conciencia ante vosotros
Fruto de ese germen dorado de Libertad
Mi secreto.....el voraz apetito
Que atraído y seducido por Ella
He luchado hasta este, mi final....

Abatido y triste observo el desfile de desdichas
Expolio de vida consumada.
Mi celosía entre rejas reposa;
Irónico, heroico y patético me siento
Aunque triunfante, por así haberme mantenido
Libre.....que no cautivo.





martes

LA OTRA IMAGEN DE LA PRINCESA

Publicado en Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, noviembre 2008.
Publicado en la web del escritor Nacho Ares en febrero de 2009.

Si difícil es luchar contra la historia, imposible es derrotar a la leyenda. Adjetivos descalificativos como “la hembra”,” la tuerta” o simplemente “la puta” han sido usados con dureza y sin escrúpulos para referirse a Doña Ana de Mendoza y de la Cerda, más conocida como la Princesa de Éboli. Utilizados siglo tras siglo como una punzante daga, este tipo de epítetos nos dan una ligera idea de lo desagradable que es enfrentarse a su Leyenda Negra. La lástima es que sólo unos pocos piensan que quizás, bajo su estigmatizado rostro, el más bello y escalofriante de todo el Renacimiento español, se oculte una mujer sufridora, de gran bondad y con un espíritu conmovedor.
Nacida en Cifuentes y casada siendo una niña con Don Ruy Gómez de Silva, pronto dejará testigo de su dulzura. Concretamente, en el año de 1559, cuando los Príncipes de Éboli trasladan su residencia al Alcázar Real, coinciden con la jovencísima reina Isabel de Valois. La conocida como “Princesa de la Paz” encontrará en Ana una magnífica amiga con quien compartir la soledad de la corte madrileña. Confidentes y compañeras, se apoyarán mutuamente para hacer más llevadera la triste vida de palacio. La pronta muerte de Isabel, en 1568, seguro que significó un durísimo golpe personal.
Pero existen además ocasiones en las que Doña Ana nos dejó testimonio también de su amabilidad hacia la gente sencilla. Por ejemplo, la llegada de los Príncipes de Éboli a Pastrana, en el año 1569, terminará con décadas de disturbios entre los habitantes de la villa y sus antiguos señores. Sin ir más lejos, la actual plaza del pueblo, guardiana del Palacio Ducal, fue escenario de juegos y festejos taurinos que, inaugurados por los nuevos duques, devolvieron la felicidad y el contento a los moradores de la ciudad.
Sin embargo, un acto de su vida que destaca sobre todos los demás tiene que ver con las frecuentes demostraciones de sufrimiento que la princesa tuvo que soportar en el seno de su familia. Bastaría con saber, para asentar tal afirmación, que de los diez hijos que tuvo sólo la sobrevivieron seis. Pero fue la muerte de su marido el hecho que mayor dolor le causó. El ejemplo lo tenemos en el error de su desmesurada reacción, que la llevó a ser criticada por la mismísima Santa Teresa de Jesús, quien jamás comprendió la repentina vocación que la Princesa tuvo para hacerse monja carmelita de la Concepción.
También fue un error su vuelta a la Corte en 1576. Viuda y con el propósito de buscar un futuro mejor para sus hijos, su retorno a Madrid acabará por complicar el resto de su existencia. Su estrecha relación con Antonio Pérez, amigo de su difunto marido desde hacía años, la implicaría en el turbio asesinato de Juan de Escobedo, secretario personal de Don Juan de Austria, hermanastro de Felipe II y gobernador de Flandes. Sería esta trama palaciega la que llevará su frágil y atractivo cuerpo a la cárcel, culpada por conspirar contra el mismísimo rey, sin saberse con exactitud todavía el por qué de las acusaciones.
Incluso hasta su muerte fue elegante y especial. Elegante porque murió en su palacio sin perder jamás su porte de señora. Especial porque hasta sus últimos días estuvo acompañada de su familia. Su hija, Ana de Silva, fue quien tuvo el privilegio de contemplar el rostro de la Princesa por última vez, iluminado con el dorado de la reja que adornaba el balcón de su prisión.
Lector, no se conforme jamás con creer todo lo que le dicen. De vez en cuando no viene nada mal realizar examen de conciencia y revisar lo que nos han contado. A veces, los hechos más olvidados y desapercibidos, pueden ser los más interesantes.

lunes

GUADALAJARA, CAPITAL DE LA PAZ

Publicado en Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, diciembre de 2008


Y apareció montada en un palafrén blanco…
Era una muchacha delgada, esbeltísima,
de negro cabello y de ojos admirables,
de tez más que morena…
Todo en ella sugería alegría, juventud y bondad..
Había de continuo en sus labios una dulce sonrisa.
Era Isabel de Valois,
aunque las gentes ya empezaban a llamarla Isabel de la Paz.

por William Thomas Walsh


Corría el año de Nuestro Señor 1559. Las aguas de los ríos imperiales fluían turbias, teñidas de roja sangre española y de negro odio francés. Desde que Carlos de Gante ciñera sobre su cabeza la corona de “Rey de Romanos”, su enemigo Francisco juraría contra los Austrias eterna venganza. Las interminables guerras entre Valois y Habsburgo habían convertido a la Sagrada Europa en un paisaje desolador. Sin embargo, el Castigo de Dios parecía llegar a su fin. Era la hora de sellar una paz duradera. El relevo generacional estaba ya preparado.
El 3 de abril de 1559 llegó a Cateau-Cambresí una embajada española. El rey Enrique y su esposa Catalina de Médicis llevaban concienciando a su hija Isabel durante meses. La joven princesa se convertiría en la futura Reina de España. A cambio, los franceses cederían sus plazas en Flandes, en el Franco Condado y en el Norte de Italia. Era recomendable ganar un amigo para hacer frente a la creciente herejía hugonote. Pero los festejos se tiñeron de luto. Una lanza atravesó el ojo de Enrique. Muy malos augurios para una paz necesaria. Las Guerras de Religión en Francia serían la consecuencia de un destino fatal.
Isabel de Valois pisaría Roncesvalles el 4 de enero de 1560. Antes, contrajo matrimonio por poderes, en París, un 22 de junio de 1559. Sin embargo, debemos esperar hasta el 2 de febrero de 1560 para constatar el primer encuentro entre Isabel de Valois y su futuro esposo, Felipe II de España. Sería en la misa de velaciones celebrada en el Palacio de los duques del Infantado de Guadalajara. Sobre la boda, el historiador y cronista de la época Pierre de Brantôme nos relata que ”…cuando se acercó a Felipe, la bella Isabel le miró atentamente… No se le ocurrió otra cosa que contemplar con detenimiento a la rubia majestad, hasta que el monarca dijo:<< ¿Qué miráis; por ventura si tengo ya canas?>>...”
Cuenta Thomas Walsh, en su biografía sobre Felipe II, que “…las gentes de Guadalajara rebosaban orgullo y alegría por la boda de su majestad. Habían edificado una montaña artificial a la entrada de la ciudad, con encinas que trasplantaron enteras para que la novia tuviera un pequeño parque… El pueblo y la Corte se mezclaban en los alrededores del Palacio del duque del Infantado... El rubio rey y la morena reina formaban un brillante cortejo, capaz de deslumbrar al mismísimo Sol.”
Guadalajara se convirtió durante unos días del siglo XVI en Capital de la Paz. Todas las miradas de Europa se centraron en sus calles y plazas, y el cariño de sus habitantes contagió a todos los ciudadanos del Imperio. Todavía los muros del Palacio del Infantado, al ser deslumbrados por el sol del mediodía, nos recuerdan el brillante cortejo de los Reyes de España. Aún hoy, cuando paseamos por sus jardines, podemos imaginar a Sus Majestades hablando del futuro de aquel Imperio “…en donde jamás se ponía el Sol”. Por lástima, como todos ustedes sabrán, la historia demostraría que la tal ansiada paz, no fue más que una nueva utopía. Pero quizás, aún nos queda el orgullo de saber que el pueblo de Guadalajara se convirtió en un ejemplo para toda Europa. Al menos, intentamos abrir con nuestra amabilidad una pequeña puerta a la esperanza. Ojalá que algo así se repita y los guadalajareños volvamos a servir de referente en la historia. Seguro que, si seguimos aportando nuestro granito de arena, conseguiremos construir una gran montaña, al igual que hicimos hace más de cuatro siglos, cuya cima se encuentre coronada por Paz en todo el Mundo.

domingo

UNA AFRENTA PARA CORPES

Publicado en la revista Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, octubre de 2008


…Desfallecidas se quedan, tan fuertes los golpes son,
Los briales y camisas mucha sangre los cubrió.
Bien se hartaron de pegar los infantes de Carrión,
Esforzándose por ver quién les pegaba mejor.
Ya no podían hablar Doña Elvira y Doña Sol.
En el robledal de Corpes por muertas quedan las dos.

Cantar de Mío Cid. Cantar Tercero. Anónimo.
(Versión de Pedro Salinas)
.


Siguiendo la carretera que enlaza Cogolludo y Atienza, atravesando el embalse de Alcorlo y a escasos 16 kms de la villa que dio protección al rey “niño” Alfonso, llamado con los años “el de Las Navas”, se localiza el precioso pueblo de Robledo de Corpes. Situado en la ladera del Pico del Otero, de más de 1300 m. de altura, en un paraje frío y austero cubierto por un manto de tomillo, espliego y aliagas, se encuentra esta emblemática localidad, cuya negra arquitectura ha sido conocida por las gentes castellanas desde tiempos inmemoriales. La fama medieval de sus calles de pizarra viene precedida por documentar entre sus solariegos el murmullo de uno de los episodios cumbre del Cantar de Mío Cid; concretamente el referido a la afrenta que los Infantes de Carrión realizaron sobre las hijas del Cid, Doña Elvira y Doña Sol. Sin embargo, tan sólo un solitario hito conmemorativo, cercano a la Dehesa del Robledal de la Lanzada, recuerda tan desgraciada felonía.
Cuando observo con mis propios ojos que pueblos sorianos como Castillejo de Robledo reivindican con elegancia la “legendaria afrenta”, no puedo por más que sentir envidia sana y criticar la dejadez y desidia que nuestros políticos mantienen en aspectos tan importantes como la cultura y el patrimonio de nuestra provincia, sin duda “la Gran Desconocida” para los guadalajareños. Si Robledo de Corpes es reconocido, y con creces, por la mismísima institución del Camino del Cid en su Ruta por Guadalajara, ¿por qué no se le da el mismo protagonismo desde la capital?
Consabida es la opinión de que la Afrenta sea, con seguridad, una leyenda. ¡Desde luego que la veracidad histórica de todo el poema es bastante dudosa! Incluso, los versos del Tercer Cantar sitúan el “robledal de Corpes” en un paraje cercano a San Esteban de Gormaz (“…San Esteban de Gormaz allá a la diestra se vio…”) y con Atienza a la izquierda (“…dejan a la izquierda Atienza, un fortísimo peñón…”). Sin embargo, y esto sí que es algo que no tiene discusión, no sería el primer pueblo del mundo que basa su reclamo turístico en una leyenda o fenómeno histórico de rara existencia. Pienso que el mero hecho de acoger en sus términos una historia de la magnitud de la Afrenta de Corpes, justificaría acciones políticas bastante más contundentes. Sirva para muestra la máxima que W. B. Yeats, famoso poeta irlandés, llegó a decir en su obra “Crepúsculo Celta”: “…las cosas que un hombre ha oído son hilos de vida, y si tira cuidadosamente de ellos, desde la confusa rueca de la memoria, quien así lo desee, puede tejerlos y formar con ellos su vestimenta."
Y digo yo: ¡qué más da si la Afrenta es o no reclamada por este u otro pueblo! ¿Por qué preocuparse de si las hijas del Cid se llamaban en verdad Cristina y María en vez de Elvira y Sol, y de si los Condes de Carrión existieron jamás? Si toda la historia fue fruto de la imaginación de un juglar no importa. Lo importante es que el Cantar existe, que Guadalajara tiene parte en él, que lo podemos leer, soñar y disfrutar en nuestra tierra y que podemos identificarnos con su leyenda, la un Mito que aún hoy, casi un milenio después, da y dará mucho de qué hablar.

sábado

ÁLVAR FÁÑEZ, EL CABALLERO DE LAS ESTRELLAS

Publicado en la Revista Por Cuenta Propia mes de Septiembre de 2008
.

Hasta Alcalá tremoló la bandera de Minaya:
desde allá lejos tornaron con la ganancia tomada
remontando el río Henares al pie de Guadalajara.
Se traen una gran ganancia, muchas ovejas y vacas
y ropas muy valiosas y aun otras riquezas largas.
Muy orgullosa ondeó la bandera de Minaya
y ninguno se atrevió a darle asalto a la zaga;
con este tan rico haber tornó esa leal compaña.


Poema de Mío Cid. Cantar Primero. Anónimo
(Versión de Camilo José Cela)


Cuenta la leyenda que una estrellada noche de San Juan, un traidor sarraceno abrió las puertas de Wad al-Hayara para que las huestes cristianas del Mío Cid, capitaneadas por Álvar Fáñez Minaya, recuperaran el burgo definitivamente para la Cristiandad. Desde entonces, la Leyenda del Caballero y las Estrellas ha sido utilizada para interpretar los símbolos del escudo de la ciudad: un caballero ataviado con armadura de plata donde se reflejan los destellos de miles de estrellas que gobiernan una fortaleza musulmana, defendida por la creciente luna mora.
Al igual que la figura de Rodrigo Díaz de Vivar, el denominado por los musulmanes como Príncipe de los Cristianos ha estado siempre rodeado por una aureola mítica y legendaria. Señor de la Guerra, descrito en el poema del Mío Cid como “el de la atrevida lanza”, Álvar Fáñez fue en realidad un caballero curtido en numerosas lides y fiel a su soberano, el rey Alfonso VI. De su talle como guerrero tenemos constancia en ejemplos como la ocupación de la Taifa de Toledo, ciudad de la que además gobernó como alcaide. Pero nuestro héroe también vivió acontecimientos desgraciados; los desastres cristianos en Sagrajas y Uclés frente al recién llegado poder almorávide, marcaron indudablemente un, más que seguro, recio carácter.
Álvar Fáñez fue el prototipo de señor feudal burgalés, adscrito a un noble linaje castellano como el de los Laínez y, por lo tanto, pariente del Campeador. De su periplo por tierras de la Alcarria ganaría el título de “Señor de Zorita”. Pero, aunque la veracidad histórica del episodio sea puesta en duda, el “mejor brazo del Cid” se recuerda en Guadalajara por adoptar un protagonismo especial en las correrías del Mito durante su “Destierro”. Concretamente, uno de los relatos del Cantar Primero lleva por título “La Algara de Alvarfáñez”, una razia o expedición militar cuya finalidad no era otra que la de obtener botín para las mesnadas cristianas, saqueando pueblos de los valles del Henares y del Badiel.
Podemos recrear la Algarada visitando las poblaciones que oficialmente reconoce la Ruta del Cid a su paso por nuestra provincia. Bajo la denominación de Ramal de Alvarfáñez, el Camino del Cid ofrece una atractiva ruta alternativa que, de realizarse en coche, no superará los 70 kms. Escapada afable y entretenida, atraviesa localidades propias de la Campiña como Castejón, Argecilla, Ledanca, Valfermoso de las Monjas, Utande, Muduex, Hita, Torre del Burgo, Tórtola y Guadalajara, capital donde culminaremos la expedición visitando el magnífico Torreón o Puerta de la Feria, entrada ubicada en los muros de la ciudad medieval por la que se supone que entraron las tropas de Álvar Fáñez aquella noche del 24 de junio.
Si observamos con detenimiento los detalles de la ruta, el viajero tendrá la posibilidad de acercarse a la historia medieval, ocultándose tras la visión de uno de los personajes más fabulosos de la Historia de España. Sin embargo, si la sed de seguir encontrando nuevas sensaciones no es del todo saciada, podremos ampliar nuevos horizontes con otros “ramales” no menos interesantes y que discurren por localidades como Atienza, Robredo de Corpes, Sigüenza, Jadraque y Molina. Hallaremos más información en la siguiente dirección: http://www.caminodelcid.org/.
Lector, si dispone usted de tiempo y denota una necesidad imperiosa de despejarse de sus particulares agobios, le recomiendo que siga los pasos del Caballero de las Estrellas y, quizás, cuando vuelva a contemplar el firmamento, su mente volverá a soñar como la de un niño.

viernes

LA HIEDRA DE LOS GODOS

Publicado en la Revista Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, junio de 2008



“Un oscuro presagio se abate sobre Balder, el hijo de Odín.
Las runas muestran la proximidad de su muerte.
Su madre, Frigg, hace jurar a todas las criaturas de Midgard
¡Jamás ninguna dañará a su hijo!
Mas olvida invocar a la hiedra...
Con su veneno, el malvado Loki hará que se cumpla el sueño premonitorio.
La tierra ha quedado yerma; la primavera de la vida se apaga.
El dios del sol y la vegetación desciende a los infiernos de Hell.
Y las sombras se extienden por el mundo.”

(Poema bárdico de Ramón Fernández Dacal)



El maestro orfebre de Recópolis dejaba la joya en manos de su aprendiz. La había sacado con sus tenazas del molde de pizarra. Ahora debía ser pulida hasta que su brillo la hiciera resplandecer como la luna. La pureza del áureo metal contrariaba su verdadero significado. La hiedra era un símbolo de oscuridad que había acompañado al pueblo godo desde siempre. Lejos quedaban ya las leyendas de Adrianápolis, donde los frigios, habitantes de Asia Menor, se tatuaban la hoja como ofrenda a Atis, amante de Cibeles y dios de la naturaleza. Si la tradición se cumplía, quien poseyera la joya estaría supeditado al todopoderoso Loki. El pacto con los infiernos de Hell salvaría durante una generación más a la estirpe pallatina. El sacrificio de Balder no había sido en vano. Pero alguien tendría que morir.
Todos los pueblos germanos se alimentaban de sus mitos y la hiedra era parte de ellos. Su significado se relacionaba con Hell y el inframundo, sobre todo por su peculiaridad de arrastrarse a los pies del Árbol de la Vida, y de crecer a la sombra del Yggdrasil nórdico. Por otra parte, en el contexto mediterráneo, la mitología griega identificaba la yedra con el oscurantismo dionisiaco y con los cultos más goliárdicos y embriagadores. Dionisos, el Baco romano, aparecía siempre con una corona de hojas de yedra alrededor de su cabeza. Incluso los romanos asociaron esta planta a sus bacanales u orgías, y en sus tabernae colgaban la yedra sobre el dintel de la entrada.
La relación entre la vegetación y mitología germana ha estado siempre marcada por la tragedia. Basta con recordar a Sigfrido, uno de los héroes míticos del Cantar de los Nibelungos, quien tras atravesar con su espada Gram el corazón del dragón Fafner, no consiguió la completa inmortalidad. La sangre de la bestia, guiada hacia un manantial, bañó la casi totalidad del cuerpo de Sigurnd, exceptuando una minúscula parte de su espalda, que quedó cubierta por una hoja, caída desde un árbol cercano. Al igual que ocurriera con el homérico Aquiles, sujeto por el talón antes de ser sumergido en la laguna Estigia por su madre Tetis, una huella en el cuerpo de Sigfrido dejaba abierta una ventana hacia la muerte, su fatal destino.
Podemos vislumbrar el halo de infortunio que desprende la hiedra cuando la contemplamos orgullosa en su trono de cristal, en el corazón del Centro de Interpretación de Recópolis. Sin embargo debemos ser valientes y desafiar al dragón que encierra su hoja. Atrapado durante siglos, arde en deseos por soltar su llamarada y conducirnos al Más Allá. Para ello no duda en utilizar el fulgor del labrado metal. Espléndida y reluciente, la piedra de oro no ha perdido un ápice de su magia. Desde que fue fabricada en el taller del orfebre allá por el siglo VI, no ha vuelto a confesar a nadie su mortal secreto. Espera pacientemente encontrar al Elegido. Sobre su cuello depositará el peso de las tinieblas, vengativa tras cientos de años de silencio godo. Pero estos no son más que fantasías, la realidad se camufla tras su majestuosa belleza. ¿Conseguirá su resplandor cegar nuestros buenos augurios? ¿Dotará nuestras vidas de un continuo malestar? ¿Continuará su maldición en todo aquel que se digne a presentarle batalla? ¿Se atreve usted, lector, a mantener su mirada eternamente?
Muchos somos los adultos que, desde pequeños, nos sentíamos atraídos por la mitología bárbara. Soñábamos con cruzar el puente de arco iris que separaba Midgard de Asgard y averiguar lo que tramaban los dioses sobre sus inferiores mortales. Wotan y sus Walkyrias son los custodios del conocimiento. Es en el Walhalla donde se estudian las runas. Dejemos a los dioses que decidan sobre nuestro destino. Provocar a la hiedra nos traerá la Muerte.

jueves

RECÓPOLIS, LA CIUDAD DE "LAS CUATRO CULTURAS"

Publicado en la Revista Por Cuenta Propia, abril-mayo de 2008



El fresno Yggdrasill extiende sus ramas a modo de aristas sobre la tierra.
Sustenta la bóveda celeste y asegura la armonía de las esferas y las luminarias.
La savia de sus raíces hace posible la vida, para hundirse después en los tres mundos.
Deidades, gigantes de hielo y hombres mantienen el equilibrio cósmico.
Pero esta creación arbórea está constantemente amenazada.
La serpiente Midgard roerá su raíz causando su definitiva destrucción.
El lobo Fenrir engullirá el sol y el ciervo Nidhogr devorará el ramaje del árbol primigenio.
Comienza así el principio del fin de los tiempos.
Es el Ragnarok, el ocaso de los dioses.

(Poema bárdico de Ramón Fernández Dacal)



Recaredo fue el primer rey en convertir al pueblo godo a la religión cristiana. Su padre, Leovigildo, lo supo justo antes de morir. Pero poco importaba ya. El anciano pudo descansar tranquilo en su lecho de muerte. La consuetudine germana quedaba a salvo una generación más. La costumbre se encargaría de mantener vivo el mito de Gotland. Todos recordarían orgullosos la historia del Periplo Oriental, la lucha contra Roma y sus bárbaros enemigos y el fin del viaje, con la fundación de un reino en los confines de occidente. Sin embargo, la tradición oral goda jamás llegó a predecir lo que ocurriría años después. Los valientes guerreros visigodos se verían obligados a compartir el solar de su nueva patria con otras gentes venidas del lejano oriente. Nos referimos a judíos y musulmanes.
Siglos antes a la idea toledana de “Las Tres Culturas”, sintetizada en la Escuela de Traductores de Toledo, los orfebres muladíes de Recópolis dejaron testimonio de la convivencia pacífica que, durante más de 100 años, llevaron a cabo “Las Cuatro Culturas” que habitaron la ciudad en época andalusí. Concretamente podemos hacernos eco de esta afirmación observando la maravillosa placa de bronce que preside una de las vitrinas del Centro de Interpretación próximo al yacimiento. En sus 6 cms de diámetro se representa el Árbol de la Vida, custodiado por los grabados de dos leones y dos pájaros. Fechada entre los siglos VIII y IX, la conocida como Placa de Los Leones es hoy el emblema de la ciudad de nueva planta que Leovigildo mandó edificar en honor de su hijo Recaredo.
Encontramos el Árbol de la Creación, del conocimiento y de la vida eterna en un sinfín de tradiciones desde tiempos inmemoriales. Veamos cuál es su significado en cada una de las culturas que cohabitaron Recópolis durante el siglo VIII:
- Para los judíos es uno de los símbolos protagonistas de La Cábala. Está compuesto por 10 esferas o Sefirot, que representan estados próximos a la Comprensión. De las ramas del Árbol Sefirótico parten 22 senderos, marcados cada uno por la letra del alfabeto hebreo. Cada sendero es un paso más para acercarse a Yahvé.
- En la religión cristiana, el Árbol de la Vida se encuentra situado en el Paraíso, en el huerto del Edén. Según el Génesis (2,9) o el Apocalipsis (22:2), quien comiera su fruto se haría inmortal. Sin embargo es el Libro de Enoc quien lo describe como un árbol superior a los demás, de cuya madera y follaje emana una fragancia, que junto a sus frutos, proporciona la vida eterna a los elegidos.
- Al igual que los cristianos, los musulmanes representan su Árbol Celestial o Tubá en el centro del Séptimo Paraíso o Jardín. Según la tradición sufí, sus ramas recitan constantemente las suras del Corán. El pie del árbol es de rubíes, la tierra que lo rodea de almizcle y ámbar, sus ramas de esmeralda, su hojas de brocado, las flores de oro y sus frutos son como perlas. De la hierba que lo rodea emerge un gratísimo perfume. El Tubá solo puede ser visto por los elegidos, ya que es la antesala a la contemplación mística de Allah.
- Por último, en la ancestral mitología nórdica, nos encontramos con el Yggdrasil, cuyas raíces y ramas mantienen unidos a los tres mundos: Asgard, Midgard y Hel. El Árbol de la Vida pagano está compuesto por un total de 9 esferas. Odín, el Wotan germano, viajaría por esos mundos antes de hacer suyo el secreto que encierran las runas.

La idea que subyace en cada una de las interpretaciones es la misma: conocer a Dios y alcanzar el total conocimiento. Los andalusíes de Recópolis se dieron cuenta de que podían alcanzar la paz entre sus habitantes buscando como nexo de unión un símbolo como el Árbol, omnipresente en todas las religiones. Ejemplos como este constatan la teoría de una “religión madre” primitiva, de donde brotan los fundamentos básicos de todos los credos. Siendo así, ¿por qué nos empecinamos en ahondar en las diferencias, en vez de buscar similitudes que acabaran con los enfrentamientos entre religiones? ¿No sería más honroso imitar a los andalusíes de Recópolis y buscar la paz entre nosotros? ¿Se imaginan un mundo tolerante donde los fundamentalismos no tuvieran cabida? Pues en el corazón de la península ibérica, en la tierra de Madinat Raqqubal, durante al menos un siglo, sus gobernantes, artesanos y comerciantes trabajaron para que esto fuera posible.


martes

LA ESPADA DE GUADALAJARA

Publicado en Por Cuenta Propia, Azuqueca de Henares, mes de febrero de 2008
.
"Después de la batalla de Camlann, en la llanura de Salisbury,
Arturo pide al caballero Girflet que arroje Escalibor al fondo de un lago,
pues no debe caer en según qué manos. Emerge una mano del agua,
coge la espada, la blande por tres veces y desaparece con ella.
Así, Escalibor ha sido recuperada por la Dama del Lago."

Texto perteneciente a La Vulgata (siglo XIII), libro titulado "La Muerte de Arturo", gentileza de D. Ramón Fernández Dacal


La palabra Escalibor (Excalibur en las ediciones inglesas) procede de la palabra galesa "Caladbolg", que quiere decir "Duro fulgor". Pero debemos retrotraernos mucho más en el tiempo para entroncar con los orígenes del “Mito de la Espada del Lago”. Concretamente fueron los guerreros sármata, jinetes de las estepas orientales de Europa utilizados como auxilia en las legiones romanas, quienes trajeron a occidente la leyenda de “La Espada de Batraz”, dios guerrero que según distintas tradiciones, antes de morir en combate, tira su espada a un lago, o la clava con toda su fuerza en una roca. Desde entonces muchos fueron los episodios históricos en los que la relación de un guerrero con su espada era la protagonista del relato, decantándose más hacia una aproximación legendaria, que a la propia realidad. Este hecho es, en definitiva, el que nos sucede a la hora de contemplar la Espada de Guadalajara, majestuosa y misteriosa a la vez en el tiempo.
Podemos encontrar una réplica en resina en el Museo Provincial de Guadalajara, pero la original está depositada en la Sala nº 5 del Museo Arqueológico Nacional. Tiene una altura de 71,5 cms. y una anchura máxima de 8,7 cms. Su hoja es de cobre arsenical y su empuñadura está rematada en oro con decoraciones geométricas realizadas por un finísimo punzón. Su cronología nos lleva a un periodo medio dentro de la Edad del Bronce, concretamente a fechas muy próximas a la Cultura del Argar. Las primeras noticias que se tienen de ella se remontan a la década de 1930, época en la que al parecer estuvo en poder de un anticuario de Guadalajara, quien la restauró y la tuvo en su poder hasta que fue comprada por D. Ramón Rodríguez Bauza. En el año 1962 el Museo Arqueológico Nacional decidió adquirirla, restaurándola en 1989 en su totalidad, para que hoy pueda ser admirada en su vitrina nº 4 junto a ejemplos de otras espadas argáricas como la Espada de Puertollano.

Sin embargo y a pesar de su belleza, lo que más llama la atención es el misterio que encierra su origen. Existen numerosas teorías sobre quién pudo ser su dueño inicial. Desde luego su propietario tuvo que ser un guerrero muy poderoso, tanto que utilizaría el arma no como un elemento práctico para el combate, sino más bien como un “arma de parada”, es decir, como un símbolo disuasorio que demostraba al enemigo la fuerza de su poseedor. En este sentido la espada pasaría como atributo de poder generación tras generación, ocultándola en última instancia en caso de peligro, evitando que no cayera en manos ajenas. Lo cierto es que la espada, por fortuna, todavía se yergue ante nuestros ojos, hambrienta por incentivar la fantasía de jóvenes y adultos, haciendo de su historia un mito. ¿Sería arrojada a un lago acorde con la tradición sármata? Verdad es que un halo de incertidumbre la ha conservado durante cientos de décadas, ocultándola quizá bajo la protección de la Dama del Lago, quien la preservaría bajo el don de la naturaleza de ser empuñada por manos indignas. Lector, recuerde que “soñar es gratuito y nos mantiene despiertos”.

domingo

LA BOTARGA DE SAN SEBASTIÁN

Publicado en la revista "Por Cuenta Propia" de Azuqueca de Henares, entre los meses de abril y mayo de 2007.


Todavía hoy recuerdo aquellas clases de Don Silvio en 5º curso de E.G.B. Yo era un zagal y mis intereses seguramente nada tenían que ver con ir a la Escuela, pero la voz de mi maestro al leer en voz alta ese texto de Julio Caro Baroja, “La Botarga de Montarrón”, bien justificaba el esfuerzo de un niño por estudiar.
Mi sorpresa fue enorme, ya que curiosamente yo pasaba los fines de semana con mis padres y mis tíos en una casita de campo muy cercana al pueblo de Montarrón, concretamente en el sitio al que los lugareños llaman “El Retorno” y que se encuentra a orillas del río Henares, bajando desde el Pueblo Viejo por un camino carretero que parte de una desviación sita a escasos kilómetros de capital, Guadalajara, hacia la mitad del recorrido de la carretera que une las localidades de Humanes y Cogolludo.
Desde entonces, y ya han pasado algunos años, mi interés por la Botarga y por el folklore de los pueblos de Guadalajara ha ido creciendo progresivamente; hasta el punto de que ahora intento, con estas líneas, transmitirles ese interés no solo con la finalidad de conseguir evitar que nuestras tradiciones y fiestas populares no desaparezcan jamás de nuestra tierra, sino para rendir homenaje a maestros que, como Don Silvio, sembraron en muchos niños la dedicación que ahora tienen de mayores.
De orígenes muy antiguos la Botarga ha sido un exponente interesantísimo a la hora de analizar la síntesis que hacia los siglos IV y V de nuestra era enlazaría la tradición pagana popular con los primeros esbozos del cristianismo como religión oficial del Imperio Romano. Muchos son los ejemplos de Botargas que, con denominaciones tan dispares como Jarramplas, Zangarrones, Cigarrones, Carantollas o Camuñas, se extienden a lo largo de la geografía de nuestro país e, incluso, de países de la ribera del Mediterráneo como es el caso de Italia y el festival de la Lupercalia. Ya antes de que las legiones romanas hicieran suyo el Occidente europeo, las tribus celtas realizaban rituales en los meses más crudos del invierno invocando al dios Imbolc para ahuyentar los “malos” espíritus del frío y permitir la llegada de la primavera, etapa de florecimiento y fecundidad de la naturaleza. Esta tradición pagana, seguramente como muchos aspectos paganos de nuestro folklore, fue poco a poco siendo asumida por el cristianismo y por la Iglesia como institución, hasta el punto de que en la Edad Media festividades del tipo de la Botarga era ya una celebración que formaba parte de un calendario netamente religioso y, por supuesto, cristiano, donde se preparaba la llegada de la primavera también con grandes hogueras, danzas y canciones dedicadas a un Santo Patrón.
Vestida con un atuendo carnavalesco de colores rojos, verdes y amarillos, con una máscara que recuerda la cara de un “demonio”, con cencerros escandalosos y con una cachiporra, la Botarga sale a pasearse por las calles de Montarrón los días 19 y 20 de enero. Tenemos noticias que demuestran la antigüedad de su celebración en el cuestionario que los visitadores del Rey Felipe II realizan a los aldeanos de Montarrón en las denominadas “Relaciones Topográficas de Felipe II”, llevadas a cabo en nuestra provincia entre los años 1575 y 1581. Por entonces la Botarga se encargaba de provocar a los mozos y las mozas en edad de casamiento, ridiculizando con muecas y cabriolas a los más jóvenes y vergonzosos del lugar y recogiendo limosnas que se entregarían al santo, concretamente a San Sebastián, en conmemoración y homenaje a su “martirio”, inmortalizado magistralmente por pintores renacentistas y por escultores barrocos. Por entonces la fiesta de la Botarga se alargaba durante tres días, 19, 20 y 21 de enero, que coincidían con la Fiesta de la Caridad, San Sebastián y San Sebastianillo, jornadas en las que campesinos y labriegos disfrutaban de unos días de buen yantar y de disfrute financiados por el señor de la villa, que hacían olvidar sus pesares y penalidades diarias. En la actualidad se siguen manteniendo los días de la Caridad y de San Sebastián, consistiendo fundamentalmente el yantar en un pan con unas viandas bendecidas por San Sebastián el día 19 y una deliciosa caldereta de la que todo el pueblo participa el día 20, no sin antes asistir a una “misa romera”, si el tiempo lo permite claro está. Sin embargo la Botarga ha dejado de perseguir a los mozos en edad de merecer, ya que muy pocos quedan en el pueblo, y extiende sus cabriolas y peticiones de limosna a la cada vez menos numerosa parroquia de San Sebastián.
Don Félix Megía es en la actualidad el Botarga de Montarrón y a él y a los restantes aldeanos que se preocupan por esta tradición les debemos el placer de poder contar con una de las tradiciones más antiguas de nuestra provincia. Concretamente este año Félix ha recibido un homenaje de sus paisanos conmemorando sus 49 años como Botarga. A él y a otras personas como Ángela, Paco, Cirila, Tino, Manolo y a todos los habitantes de este pueblo tan cariñoso, debemos que esta reminiscencia de nuestro “vivo” pasado no se pierda. Gracias amigos de Montarrón por vuestra dedicación y empeño a un “oficio”, el de Botarga, tan bonito y tan antiguo. Gracias lector por ayudar con la memoria de tu lectura a no mantener por más tiempo en el olvido a nuestra “Botarga la larga, la cascaruleta”.

sábado

EL HENARES: EL NACIMIENTO DE "NUESTRO RÍO"

Ver el artículo publicado en "Guadalajara desde dentro...", página 10 de la revista "Por Cuenta Propia".
Azuqueca de Henares, marzo de 2007.

No hace mucho tuve el placer de asistir a una conferencia que Don Francisco García Marquina dio en el Centro de Profesores de Guadalajara acerca de lo que se viene denominando como “Paisaje Alcarreño”. Conocía a García Marquina por su excelente labor como biógrafo de Cela, pero su sencillez en el trato y su manera afable de comunicar acabó por cautivarme. En concreto su ponencia se centró en la Literatura de Viajes, en especial de viajes realizados por la Alcarria, y fue allí donde me reencontré con el Henares, protagonista como guardián y custodio de los límites occidentales de la meseta alcarreña. Con lecturas muy bien seleccionadas de su obra “Los Pasos del Henares”, García Marquina dibujó con pinceladas de corte expresionista las numerosas virtudes que uno encuentra al emprender un viaje en torno a un río. Los contrastes de luz, los sonidos del agua y la soledad del viajero son de por sí suficientes motivos para caer en una reflexión sobre uno mismo y emprender una “pequeña escapada”.
El río Henares nace en el término municipal de Horna, localidad situada a pocos kilómetros de Sigüenza, en las parameras de Sierra Ministra. Desde el mismo pueblo y tomando un apacible camino de tierra que enlaza con las huertas que rodean el mismo podemos ir a contemplar como nace “nuestro río”, río que vio crecer a nuestra capital y a numerosos pueblos que, orgullosos, lo llevan en su escudo y blasón.
García Marquina tuvo el privilegio de ver el nacimiento del Henares tal cual fue el capricho de la naturaleza al criarlo. Ahora, hoy por hoy, es indignante no poder ni tan siquiera contemplarlo. Sólo el pequeño mojón que indica el lugar del nacimiento con una fecha, 1877, y que es fácilmente distinguible en la foto de Marquina, es hoy visible. Una alambrada rodea el paraje para, imagino, proteger el nacimiento de la acción humana. Según nos aseguran los vecinos del pueblo, es la alcaldía de Sigüenza la actual responsable de ello y, mucho me temo, que con el “valor” que está tomando el agua dulce, un verdadero tesoro para el ser humano, la alambrada lejos de desaparecer posiblemente aumentará de altura.
Invito al lector con el presente a viajar a Horna a contemplar “nuestro río”, porque el Henares es el río de todos nosotros, de los que, sin pararnos a pensarlo, hemos crecido junto a él. Por favor, hagamos todo lo posible por conservarlo y cuidarlo como un hijo cuida de un padre ya anciano. Él lo ha hecho durante muchos años con nosotros y seguro que si se lo permitimos lo seguirá haciendo gustoso.

viernes

LA MUELA Y EL COLMILLO: "CARPETANIA DE LEYENDA"

Publicado en la revista "Por Cuenta Propia" de Azuqueca de Henares, en febrero de 2007.

Hace mucho, mucho tiempo, cuando los piratas fenicios arribaban a las costas de las Columnas de Melkart y los celtas del Norte saqueaban las tierras de nuestros hermanos, siendo rey de Tartessos Argantonio “el Plateado”, vivía en la Carpetania un rey, Señor y Guardián de la Frontera Oriental, cuyo nombre era Aimbar. Sabio y poderoso, se iba acercando poco a poco al final de sus días y su hija Julya, heredera de sus posesiones, estaba siendo educada para continuar la labor de su padre. La Princesa Julya era fuerte y obediente, pero su pesar era cada vez más grande, ya que a la falta de su padre pronto se iba a unir la desdicha de su matrimonio con el Príncipe de los Vetones, Daniel, matrimonio que Aimbar y Ramonlar, rey de Vetonia y Guardián de la Marca Media, pactaron cuando ambos jóvenes nacieron. Con la unión entre Julya y Daniel se crearía un gigantesco y poderoso reino carpetovetónico que nada tendría que temer entonces de las sangrientas incursiones de frisios y celtas del norte, ni tampoco de las numerosas razzias que pueblos celtíberos fronterizos como los arévacos, lusones, titos y belos, solían realizar uniéndose en torno a un “arvirago” o jefe militar, y que en ocasiones llegaban al limes del País de los Iberos.
Todo hubiera sido perfecto para la alianza entre Vetones y Carpetanos de no ser por las “Estrellas”. La alineación de la Cola del Escorpión observada por los sacerdotes del rey presagiaban malos tiempos, pero Aimbar ya lo había adivinado al observar cada noche con detenimiento los expresivos ojos grises de su hija. Su corazón estaba ya muy cansado y el poco aliento vital que le quedaba dentro, quería dárselo por entero a su hija. Sin embargo el deber de actuar como Rey de la Carpetania primaba sobre cualquier cosa; así lo juro cuando fue coronado y así debía cumplirse. Con la alianza entre Carpetanos y Vetones salvaría el futuro de su reino y de sus gentes. Por eso debía actuar, por eso se volvió cruel, “Aimbar el Cruel” le reconocerían desde entonces.
Una noche de niebla, tan espesa que podía cortarse en pedazos con una falcata, Julya yacía pacientemente observando el lugar donde el “Río Que Atraviesa El Mundo” (en la actualidad el río Henares) enlaza con el “Río Que Viene Del Más Allá” (hoy el río Sorbe). Meditaba que muy pronto sus pajizos cabellos y su nívea y delicada piel se mezclarían con pasión con una piel mucho más áspera, curtida por la labor de la tierra y por el aire de labranza; la piel de su gran amor Igna. Las horas pasaron y pasaron, lentas como una yunta de bueyes, pero el joven Igna jamás apareció. Un ajuste de cuentas ante el Jefe de la Guardia del rey acabó con su vida y con la felicidad de Julya.
Muerto Aimbar, Julya fue coronada como Reina de la Carpetania y el pueblo entero se sumergió en un mes de festividades, presididas primero por el funeral de su rey y, después, por la coronación y esponsales de su nueva reina. Julya contrajo matrimonio con Daniel, Príncipe de los Vetones, pero pese al gran amor que el nuevo rey sentiría durante toda su vida por Julya, jamás fue correspondido. Es más, Julya pidió a Daniel que, a cambio de un heredero para el nuevo reino carpetovetónico, se le construyera un palacio donde poder vivir en soledad el resto de sus días. El Rey Daniel accedió y para ello obligó a su pueblo a trabajar en la construcción de un gran túmulo, justo al lado de la fortaleza de “La Muela”, llamada así por la especial forma de “muela” que tenía la montaña donde se encontraba hace mucho tiempo el castillo del Rey de la Carpetania. Como símbolo y por su cercanía a la fortaleza del rey, el pueblo denominó al túmulo recién construido con el nombre de “El Colmillo”, lugar donde se situaría un precioso palacio en el que la orientación de las habitaciones de la reina mirarían de frente a las del rey. De esta forma Daniel al menos se consolaría observando a su reina.
Una jornada de luna negra, Daniel fue a sus aposentos a observar, como todas las noches, como su reina apagaba las lucernas de su alcoba en símbolo de “Buenas Noches”. Sin embargo las luces no se apagaron jamás.
Todavía hoy, como cuenta la leyenda, en las noches de luna nueva y si subimos a La Muela podemos escuchar los gritos de Daniel por haber perdido a su Reina. Pero lo que más impresiona es que si miramos detenidamente hacia El Colmillo, por un instante se enciende en lo alto una luz que parece dibujar el busto de un hombre. Hay quien afirma que todo esto es mentira, que no es más que una leyenda. Yo prefiero pensar que esa luz dibuja el último pensamiento que la Reina Julya tuvo antes de suicidarse: la cara de Igna.